Poemas del Yayo

Morena

No tengas celillos de nadie, morena
que mas que por guapa, te quiero por buena.

Y amor que en tan firmes cimientos se basa
tendrá sus eclipses, pero nunca se pasan.

Es ciertos, que a ratos atrae la hermosura
que excita pasiones fugaces…
ligeras, brindando placeres…
pero eso si vieras lo poco que dura.

El seno turgente, la tez de alabastro
los ojos que lanzan miradas de fuego
fascinan, marean, distraen…
pero luego calmadas las ansias
no dejan ni rastro.

En cambio las grandes bellezas del alma
se adoran por siempre, se gozan con calma
no dudes, no llores,
no pienses con pena que yo he de olvidarte
te quiero, por buena.

La modistilla y el estudiante

Te quiero, me decía el embustero
Te juro que mi amor es noble y puro

¡ Vidita !, cuando acabe de estudiar,
te prometo por mi madre
que nos vamos a casar.

Tanto querer me fingía,
tan buena fe demostraba,
que a su pasión cedí un día
sin pensar que me engañaba.

Y mirando en la vidriera,
me esperaba que saliera,
por las noches de coser.

Al rayar el nuevo día,
a las clases el volvía,
y volvía yo al taller.

Así pasaron los días,
así pasaron los años
sin que en nuestras alegrías
entrasen los desengaños.

Terminó al fin su carrera,
y un buen día se marchó.

Al marchar me dijo, ¡ espera !
y he esperado y esperado…
pero nunca mas volvió.

La casa nativa

Por mas que la suerte esquiva
nos dé goces y opulencias
siempre sentimos la ausencia
de nuestra casa nativa

Todo el azar lo deshace
y nada hay que dure tanto
como ese bendito encanto
del hogar donde se nace

Aunque me alejen de tí
olas de la vida inciertas
nunca e cierres tus puertas
casa humilde en que nací

Mi casa está en Rollamienta
este es mi querido pueblo
vuelvo como tantos otros
a disfrutar lo que es nuestro.

Fragmento de gloria

Pero ven aquí fragmento de gloria
¿ Porque te quejas ?
si eres el ser femenino mas feliz
que hay en la tierra.

¿ No sufro cuando tu sufres ?
¿ No gozo si tu te alegras ?
¿ No me tienes hecho un burro,
salvando la forma externa,
porque cada vez que me miras,
cuasi cuasi me estropeas ?

¿ Y no doy mi palabra de honor siempre que se tercia,
de efectuar contigo el nudo nupcial,
bien por el sistema civil,
o por el canónigo u por otro cualesquiera ?

¿ No te mimo ?
¿ No te adoro ?
¿ No te obsequio ?
¿ No eres reina de este manojo de gracia
que se ha de comer la tierra ?

entonces ¿ porqué te aflijes ?
entonces ¿ porqué te quejas ?
¿ Quieres gloria ?
¡ Pide gloria, que yo subiré a por ella !

El día de fiesta

Hoy es el Domingo, día de fiesta
me voy escapado, bajo la escalera
voy a divertirme, que es día de fiesta

El toque de doce a comer congrega
que madre nos guarda alguna sorpresa
un dulce, una fruta, un plato…
que ella también contribuye al día de fiesta

Don Pancho

El pobre Don Pancho que vive en su rancho
con su mula negra, su vaca barcina,
su perro, su gato, su alegre cochina
y otros animales de igual condición,
hoy está gimiendo con honda tristeza
¿Qué tendrá Don Pancho? ¡Dolor de cabeza!
¡Pobrecito Pancho de mi corazón!

Bajando la oreja la mula se queja,
lloran la cochina, el perro y el gato,
rebuzna la mula, da gritos el pato,
la vaca no quiere dejarse ordeñar.
Todos por el amo sufren pena intensa,
y hasta un ratoncito que anda en la despensa
mirando a Don Pancho, se pone a llorar.

Ante tanto duelo apiádase el cielo,
y hace que Don Pancho con mente afanosa
recuerde que tiene guardada una cosa
que un médico amigo le dió antes de ayer.
La saca, la mira, la huele, la toca…
y ¡Zas! se la traga con mucho placer.
Y sus animales viendo muecas tales
miran como Pancho traga la tableta.
¿Será que Don Pancho perdió la chaveta?
¿Será que Don Pancho se va a suicidar?
Y atentos, ansiosos, callados y lelos,
abiertas las bocas, parados los pelos,
están esperando lo que va a pasar.

De pronto, da un salto de tres varas de alto,
y exclama dichoso con voz conmovida:
Mi mula del alma, mi vaca querida,
mi gato, mi liebre, mi pobre ratón,
ya pasó mi pena, ya estoy aliviado,
la gran aspirina, remedio adorado,
ha sido la tabla de mi salvación.

Y se arma en el rancho el gran zafarrancho,
bailan como locos el perro y el gato,
rebuzna la mula, da gritos el pato,
el señor conejo danza un rigodón.
se muere de risa la vaca barcina,
baila en una pata la alegre cochina
y en medio de aquella feliz confusión…
¡Viva! grita Pancho, ¡la gran aspirina!
¡la gran aspirina de mi corazón!…..

Chindasvinto

A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.

Perteneció a un gran Señor
algo feudal y algo bruto,
se llamaba Sisebuto
y su esposa Leonor.

Y Cunegunda su hermana
y su madre Berenguela,
y una prima de su abuela
entendía por Mariana.

Y su cuñado Vitelio
y Cleopatra su tía
y su nieta Rosalía
y el hijo mayor Rogelio.

Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche cruel y espantosa,
noche atroz, noche de infierno.

Noche fría, noche helada,
noche triste, noche obscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.

En un gótico salón
dormitaba Sisebuto
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.

Con quejidos lastimeros
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.

Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.

Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa.

Salta el foso, llega al muro,
la ventana está cerrada,
me ha dado mico mi amada
exclama, vaya un apuro.

De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
extiende el brazo y tropieza
con la cuerda de una escala.

¡Ah! dice con fiero acento
¡Ah! repite victorioso
¡Ah! vuelve a decir gozoso
¡Ah! otra vez y así hasta ciento.

Trepa, que trepa, que trepa,
sube, que sube, que sube
en manos cae de un querube
la hija del conde «La Pepa».

En lujoso Camarin
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado,
lo seca bién con serrín.

¿Que sientes Lisardo mio?
¿No sientes nada a mi lado?
¿Que sientes Lisardo amado?
Y el responde: ¡Siento frío!

¿Frío has dicho? Eso me espanta,
¿Frío has dicho? Eso me inquieta
¡¿No llevaras camiseta?! ¿Verdad?
¡Pues toma esta manta!

Ahora hablemos del cariño
que a nuestras almas disloca,
yo te amo como una loca,
yo te adoro como a un niño.

Mi pasión raya en locura,
la mia es un arrebato,
si no me quieres, me mato,
si me olvidas, me hago cura.

¿Cura tu? ¡Por Dios vendito!
no repitas esas frases,
en jamas de los jamases,
pues, ¡Estaría bonito!…..

Hija soy de Sisebuto
desde mi mas tierna infancia,
y aunque es mucha su arrogancia,
y aunque mi padre es muy bruto,
Y aunque siento sus fervores
y aunque sé a lo que me expongo
¡Huyamos! ¡Vamonos al Congo!
a ocultar nuestros amores.

Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cogen,
que nos quiten lo bailado.

En esto, un fuerte ladrido
resuena potente y fiero,
¿Oyes? dice el caballero,
es el perro que me ha olido…

Se abre una puerta excusada
y cual terrible huracán
entra un hombre, luego un can…
luego nadie, luego nada.

¡Hija infame! ruge el Conde
¿Que haces con este señor?
¿Donde has dejado mi honor?
¿Donde? ¿Donde? ¿Donde? ¿Donde?…

¡Y tú, cobarde, villano,
antipático, repara
como señalo tu cara
con los dedos de mi mano!

Después, sacando un puñal
de un solo golpe certero,
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.

El joven, naturalmente,
se murió como un conejo,
ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.

El conde se volvió loco
de resultas del espanto,
el perro no llegó a tanto
pero le faltó muy poco.

Y aquí se acaba la historia,
verídica, interesante,
romántica, espeluznante,
estremecedora, horrenda,
Que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.